No he leído todas sus obras pero lo respetaba. No eran mis favoritas pero las consideraba, junto a sus ensayos, un necesario golpe de realidad de un país que no se quiere ver en un espejo. Lo que leí lo valoré pero lo dejé por un tiempo, porque no soy un lector de obras completas y porque, quizás, sus mejores letras, sus mejores trazos estaban en la poesía, palabras y frases que aún me parecen extremadamente personales y a veces considero un asalto leerlas y apropiarse de ellas. Así que de alguna manera la obra de Jorge Enrique Adoum la tenía presente pero no estaba expectante de novedades, aunque siempre leía o escuchaba las entrevistas que le hacían, los comentarios del cartero de Neruda (Adoum es el verdadero y no el de Skarméta). Por eso me impresionó hoy conocer que falleció, como esas personas que te caen muy bien pero que no son parte permanente de tu vida, y cada vez que los ves los encuentras renovados y te alegras de que sean personas así. Su fallecimiento no fue cuestión de alegrías.
Pero además de sus obras, de sus letras, lo que más rescato de él era que Jorgenrique no se quedaba en su casa, detrás de su escritorio de intelectual, atormentado por sus ideas, esperando el nacimiento imprevisto de una nueva genialidad. Luchaba desde el frente, donde las papas queman, por un mejor país (y eso no siempre se traduce en política, y eso está bien), por dar a conocer nuevos valores en la cultura y principalmente en las letras. Peleaba por eliminar discriminaciones e inequidades, por tratar de responder la pregunta "¿qué es un ecuatoriano?”, pregunta al parecer tonta pero que ayuda a entendernos mejor en la diferencia. Y su obra, la que pude leer, estaba impregnada por ese aroma a realidad, realidades ajenas, a un mundo de distancia cuando uno no ve a los ojos a sus vecinos, realidades mostradas por un aventurero, un curioso.
Junto a Miguel Donoso Pareja y Fernando Artieda (también se encuentra enfermo) son lo mejor de la literatura ecuatoriana del siglo XX hasta acá. Ahora descansa junto a su pana Guayasamín en la Capilla del hombre doliente. Junto a algún cigarro y un vodka, que buenas charlas han de tener.
Pero además de sus obras, de sus letras, lo que más rescato de él era que Jorgenrique no se quedaba en su casa, detrás de su escritorio de intelectual, atormentado por sus ideas, esperando el nacimiento imprevisto de una nueva genialidad. Luchaba desde el frente, donde las papas queman, por un mejor país (y eso no siempre se traduce en política, y eso está bien), por dar a conocer nuevos valores en la cultura y principalmente en las letras. Peleaba por eliminar discriminaciones e inequidades, por tratar de responder la pregunta "¿qué es un ecuatoriano?”, pregunta al parecer tonta pero que ayuda a entendernos mejor en la diferencia. Y su obra, la que pude leer, estaba impregnada por ese aroma a realidad, realidades ajenas, a un mundo de distancia cuando uno no ve a los ojos a sus vecinos, realidades mostradas por un aventurero, un curioso.
Junto a Miguel Donoso Pareja y Fernando Artieda (también se encuentra enfermo) son lo mejor de la literatura ecuatoriana del siglo XX hasta acá. Ahora descansa junto a su pana Guayasamín en la Capilla del hombre doliente. Junto a algún cigarro y un vodka, que buenas charlas han de tener.
