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24 de marzo de 2010

Puro corazón

A excepción del maestro Johny Cash (y las variantes que Bob Dylan o Leonard Cohen hacen de la misma), a la música country siempre la he considerado como algo aburrido, o mejor explicado: simpáticas historias con un ritmo que no me agrada. Eso puede que cambie, porque siguiendo la recomendación de Fernando Navarro (a quien últimamente tengo como gurú musical), corresponsal de la edición española de la revista Rolling Stone, en su bitácora “La ruta norteamericana”, vi la película Crazy Heart, a la cual destaca por su excelente banda sonora con ritmos que muestran el country original. Pero, después de pensar por algo que me ha dejado como loco, lo que realmente sobresale y cautiva es la excelente interpretación que Jeff Bridges hace del alcohólico y antiguamente exitoso cantante sureño Bad Blake. Actuación que Juan Fernando Andrade sublimemente, y con tinta justiciera porque hace rato que el gran Bridges se merecía el Oscar, ovaciona en su blog “La Cultura B”. Y con estas dos cosas – la banda sonora y la interpretación de Jeff Bridges – basta para tener una experiencia grata en Crazy Heart, que se la podría considerar la versión menos cargada de este año de lo que pasó el anterior con The Wrestler, cambiando acá los esteroides y la necesidad de los aplausos del público por el bourbon y el amor a la música (aunque en esta última la forma en la que se cuenta la historia – el guión – está mucho más trabajado, en CH la historia es demasiado lineal, predecible). Lo que la salva es que tiene mucho corazón.

Y con el corazón basta por esta ocasión. Entre el hermoso y desolador paisaje de Nuevo México, con esos bastos desiertos y nubes que parecen ovejas con tonalidad rosácea, entre licoreras y gasolineras que se repiten cada cincuenta kilómetros, se cuenta la historia de Bad Blake, el antihéroe anteriormente exitoso y reconocido que decide llevar su vida de la forma que él quiere, así esto sea un sinónimo de autodestrucción, porque aquello es mucho mejor a seguir el estatus o haberse resignado a llevar una vida normal, esperando, en alguna esquina sucia y marginada de la América Profunda (donde los pueblitos se repiten, todos son vecinos cordiales y es material de inspiración para las películas de David Lynch), entre gente común y corriente que lleva su vida en medio de bares, salas de billar y sus hogares, que su buena racha vuelva. Ahí Jeff Bridges lleva a cabo una de las mejores interpretaciones que he tenido oportunidad de ver. A Bad Blake (al igual que al veterano luchador Randy “The Ram” – Mickey Rourke –) uno le agarra cariño, se frustra con sus equivocaciones, espera que le vaya bien, que se haga justicia, que se levante después de haber pagado por todas sus equivocaciones y excesos.

Lo que hace Bad Blake es casi un espejo de Bridges, es como estar viendo la realidad alternativa que hubiera tenido el actor si no hubiera elegido esa profesión, su alter – ego. El uno está dentro de la piel del otro. No es una cuestión de actuación sino de puro corazón. La escena en la que Blake pese a haberse redimido sabe que lo ha perdido todo, y en su casa, tirado en el patio apoyándose en la pared, con el sol pegándole en la cara, empieza a componer “The weary kind”, es un momento para el que ambos nacieron. Una canción a la que Bridges le pone mucho sentimiento, mucho de su pasado y para Blake es el resumen de su vida. Una canción que habla de los desesperados, de los desheredados, de los cansados, de los solitarios…


A pesar de ser la versión de Birgham (su compositor original) de “The Weary kind” más técnica, prefiero la cantada por Jeff Bridges por las emociones que le pone.



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