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8 de septiembre de 2009

Dillinger salvó el fin de semana

Si no aparecieran las historias de humanos, ni tanto “homenaje” a Terminator (con la robot sexy), Matrix (con el efecto de las balas), American Pie (con los padres que avergüenzan) y The Gremlins (con pequeños robots algo drogados), y en la mitad de la pantalla se dedicaran a pelear Autobots contra Decepticons, y en la otra mitad Megan Fox se desvistiera lentamente (con su ropa de motociclista, después con su vestido blanco y otras fantasías más), la versión de Michael Bay, de dos horas y media, de Transformers sería pasable y no hubiera provocado que dejara de verla después de cuarenta minutos. Lástima que era mi opción para pasar el mal sabor que dejó la pérdida de Ecuador contra Colombia (y esa estela de comercios vacíos con sus javas de cerveza sin vender, el desierto de la av. Victor Emilio Estrada y las cabezas gachas, con dirección a los hogares, ante el resultado). Por suerte el domingo la cosa en algo cambió.


John Dillinger fue el ladrón más buscado durante los años treintas. A pesar de su corta carrera se convirtió en el Enemigo Público número uno. Tiene un arma con su nombre, y eso de quien habla mal es de nosotros y no de él. Hasta el día de hoy se lo homenajea. Era un bizarro Robin Hood, o mejor dicho alguien que se atrevía a hacer lo que nadie más se atrevía. En una época que se llamaba la Gran Depresión, donde muchas personas se morían de hambre, Dillinger robaba los bancos y era aplaudido por eso. Además su leyenda cuenta que era un galán que trataba cortésmente a sus secuestradas y pocas veces usaba la violencia para cometer sus delitos. Sin ese escenario de crisis mundial, en palabras de Tomás Eloy Martínez, la leyenda de Dillinger no hubiera sido posible. Se burlaba de la justicia escapándose de las cárceles, apareciendo en cines donde mostraban sus fotos para que lo reconozcan y entraba a estaciones de policía sin más disfraz que su par de gafas. Otro hecho que habla mal de nosotros y no tanto de Dillinger es que se convirtió en materia prima para Hollywood.

Hace tiempo que tenía ganas de ver una película de gángsters, con tipos que asaltan bancos vestidos de traje a rayas y con sombrero, utilizando sus ruidosas armas marcas Thompson y Winchester. Un calco de cuando emboscan y matan a Sonny Corleone en la primera El Padrino. Con escenas de tiroteos donde la cámara se mueve por todas partes y parecen no tener final. Algo que desde L.A. Confidential (con Russell Crowe, Kevin Spacie y Guy Pearce) no veía. Algo de eso aparece en Public Enemies. Aparecen esas tomas desde lejos, con la cámara enfocando de arriba hacia abajo, mostrando a los asaltantes de bancos como unos héroes, con la música de Billy Holiday llenando los bares. Cine del negro. Los hijos de Al Capone en acción.



Las películas acerca de la vida de Dillinger siempre han estado llenas de escenas violentas (ver el especial de Página 12). Con decenas de muertos regados por el piso, fuego intermitente saliendo de las armas, persecuciones a pie y en autos modelo Ford. Así que nadie mejor que Michael Mann para filmarla. Michael Mann es el tipo que unió a Al Pacino y Robert De Niro en Heat (también aparece el gran Val Kilmer) y nos regaló uno de los mejores tiroteos de los últimos años. Acá utilizó al mutante de Johny Depp, dándole una imagen bastante sofisticada al ladrón de bancos; al ahora comercial Christian Bale (parecido a lo que le pasó a Keanu Reeves después de Matrix), que tiene un papel bastante gélido como el resto de los que le he visto; la guapísima Marion Cotillard (otra de mis fantasías), que es la viva imagen de los años treintas; y la canción Ten million slaves de Otis Taylor siempre oportuna.

Aunque no es para tanto. La película no es tan buena. Repito que hace tiempo quería ver algo así. Podría haber sido la The Dark Knight de este año (y no porque aparece Christian Bale), peor aún con la oferta actual de películas. Pero no lo es. Citando a David Sosa en El Telégrafo, que a su vez cita a Roger Ebert: “’Buena, aunque aún no puedo descifrar por qué no excelente’. Quizá porque las apuestas seguras no arriesgan”.




6 de julio de 2009

Foxxxy




Baila rica nena, sabrosito, baila rica nena, mas pegadito/ me gusta chichi, me gusta chacha, yo/ quiero que me des/, que me des papaya (Rastaman – Dita, Molotov).

Esos ojos. Ese color de piel. Esos labios. Ese pequeño bikini. Esas tetas. Ese culo. Ese nombre de actriz porno. La única razón para regresar al cine a la segunda parte de Transformers, es volver a ver aquella mujer que en la primera entrega destapa el capó de un auto y sus firmes abdominales son enfocados acompañados de su cuerpo arqueado que denota unas deseables curvas. El resto me imagino que es basura. Un montón, calculado en millones de dólares, de efectos especiales para generar vértigo durante casi dos horas (otro placebo para la falta de argumento en esta película). No la he visto pero me la imagino. ¿Por qué? Porque Michael Bay siempre hace lo mismo. La misma puesta en escena al estilo Armaggedon donde el mundo está en peligro y solo los Estados Unidos y sus instituciones militares podrán salvarnos.

Pero volviendo a lo de aquella chica que en estos días nos tiene con las hormonas a flor de piel a todos los hombres, en la sección Radar del diario Página 12, Mariano Kairuz le escribe un artículo con el título: “Megan Fox, la estrella que todavía no hizo nada”. Acompañada de una carcajada ante el descuido de lo obvio, la frase no pudo ser más certera, porque la Fox al verla calienta y muchas cosas de las cosas que habla también calientan (gran parte del resto son estupideces), pero de ahí a destacar sus dotes de actriz o recordarla por alguna representación, hasta ahora naranjas. Y la verdad es que, tal vez, todavía no lo ha podido hacer porque no tiene muchas películas en su haber, y quizá (lejanos y dudosos "quizá" y "tal vez") en un futuro pueda sorprendernos, pero volviendo al presente cabe la pregunta: ¿Entonces por qué la tachan de superestrella? La respuesta es fácil: Esos ojos. Ese color de piel. Esos labios. Ese pequeño bikini. Esas tetas. Ese culo. Ese lascivo nombre de actriz porno (sin olvidar sus calenturientas frases y esa pinta de mujer independiente y que no le teme a nada).

Y la Fox también me recuerda, pero creo que es más el artículo del Página 12, a muchas de las modelos, vedettes y supuestas actrices que vemos en televisión, a todas ellas que al final terminan siendo un adorno más en la escenografía, un exuberante adorno como símbolo de éxito para los hombres, o como distracción para olvidar lo patético que es el programa. Carne fresca para el carnal de las estrellas como dirían los de Molotov. Y nos harán babear, aullar como lobos, decirles lo buenas que están y provocar que el resto de las mujeres las odien. Porque para eso están (con su consentimiento, faltaba más). Y claro que sus vidas no se resumen en ser una obra de arte o un pedazo de filete (visto por un experto en admirar cuerpos, o por un curuchupa moralista, o por algun híbrio de los dos), pero eso no las termina convirtiendo en estrellas. A menos que sea la Fox, quien no necesita saber actuar, con su ejército de adolescentes que la tienen presentes en sus húmedos sueños; o a menos que ahora el destacarse en el cine no signifique buenas interpretaciones sino carnes y curvas en el lugar correcto que cualquier dealer cirujano pueden proveer. Si todo sigue así Giselle Bundchen y Alessandra Ambrossio, que cada navidad vemos en el desfile de Victoria´s Secrets, podrían ganar el Oscar en un par de años.

No es que no me guste ver a las despampanentes brasileñas pero me gusta verlas donde están. Y por otra parte, ver a la Fox es un montón de pensamientos que se traducen en: Esos ojos. Ese color de piel. Esos labios… y tal vez lo piense y dude pero no creo que le pondría los cuernos a Anne Hattaway con ella. En Hollywood la mujer de mis sueños.
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