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12 de agosto de 2011

De la vieja escuela

Vía intravenosa tengo metida la música de la segunda temporada de Treme. La escucho por todas partes. Baila, da giros en mi cabeza. Malabarismo. La busco. Olvido los nombres pero no los ritmos. ¿Cómo se llama esa de Louis Armstrong que empieza con un lamento y el bueno de Batiste le enseña a sus alumnos como máximo acto de creación? Algo con la palabra blues (que termina siendo West end blues, solo que no llega en el momento). Y la que toca el hijo del jefe indio Lambreux en NY. Ésa es más vieja. Por ahora recuerdo al holandés sin talento en las calles entonando Bassin street blues. Down the Mississippi... La busco en Youtube esperando encontrar algo de la vieja escuela. Cincuenta años atrás. Sorpresa a medias. Suena a clásico, pero quien canta y hace vibrar el saxofón es una niña de catorce años, contemporánea. ¿Quién diablos es Andrea Motis? Seguramente una reencarnación del espíritu de NOLA. Lleva el jazz en las venas. Ternura y sabiduría. De un rato acá me doy cuenta que empiezo a descargar todo lo relacionado con sus actuaciones. Piel de gallina, sensación de emoción en la nuca. Siempre es bueno llevarse sorpresas. Toca compartirlas. Altas probabilidades de maldición al no esparcir lo que vale la pena de este mundo...



Con seguridad volveré a este tema...

17 de abril de 2011

NOLA según David Simon


Cantaba Louis Armstrong junto a Billie Holiday, en ese nostálgico tema llamado Do you know what it means to miss New Orleans – con el que comienza un documental de Spike Lee sobre la ciudad después de Katrina –, que NOLA fue el lugar donde dejó su corazón. Bob Dylan en sus crónicas decía, mientras viajaba al sur para grabar Oh, mercy!, que le gustan muchos sitios pero ninguno como NOLA. “A cada instante se presentan mil perspectivas distintas”, “…a diferencia de muchos lugares a los que regresas para descubrir que su magia se ha esfumado, todavía conserva la suya”; caminando por los cementerios en busca de las huellas de Tennessee Williams. Para Anthony Bourdain es un estado mental. Kerouac disfrutaba su olor al llegar. Ray Charles tuvo una mujer ahí a la que le pide que regrese. Con lo que mostró David Simon en la primera temporada de Treme no quedan más ganas que embarcarse utilizando todos los ahorros en un viaje a New Orleans; ese lugar que también ha dejado con ganas de contar historias a David Lynch, a Truman Capote (para sus momentos de paz) y muchos más…

El creador de aquella novelita rusa llamada The Wire, que hace años pasaban por HBO, después de vivir un tiempo con los soldados norteamericanos en Iraq, tuvo como nuevo proyecto mostrar New Orleans después de Katrina. Mucha investigación, porque lo que resaltó es la escencia del lugar, o al menos eso es lo que creo, pensando por alguna razón que tengo razón. Una ciudad que prácticamente vive en la calle. Sus ruidos, olores, colores, situaciones, temperamento y sobre todo ritmos. En medio de la miseria, de avenidas desiertas y devastadas. Con un argumento que podría dar para historias fáciles, sentimentales, de echar la culpa, lo que hace Simon es revelar cómo los personajes se levantan para continuar andando, esperando evitar el próximo embate, en una serie de televisión coral, con varios momentos que son para retratar, como ese de padre e hijo tocando jazz bajos los techos de una casa derrumbada, donde se cuentan varios relatos que suceden a la vez. Mucho mejor que cualquiera de esas películas dedicadas a NY, París o próximamente a Río de Janeiro.



The Treme experience tiene los aires de ser una corta película indie, en la que la música tiene mucha, pero mucha relevancia. Con secuencias que duran lo que dura una canción (Buona Sera, Indian Red). Vidas cotidianas con ritmos de jazz, swing y blues. Alguna debe caer bien, otra mal. Lo que hace una talentosa cocinera con un restaurante en respiración artificial; un burgués vago al que siempre le salen las cosas con un final feliz; la recientemente Oscarizada Melissa Leo en su papel de abogada por los derechos civiles y madre liberal con un esposo de la talla de John Goodman en el rol de un escritor al que su ciudad le quebró el corazón; el talentoso músico Antoine Batiste (en los pies de Wendell “The Wire” Pierce) que se gana el dinero al día y que hasta cuando habla o tiene gestos pareciera que estuviera tocando algo, y otros que viven juntos y tocan en la calle; y lo mejor: los indios, esa cultura escondida que dedica todo los día del año para dos fechas en especial, que para el resto de comunes mortales pierden el tiempo en cosas efímeras, pero ellos tienen un propósito mayor de existencia que cualquiera de esos que critican. Era imposible que no se dé una segunda temporada con tantas cosas para contar. Su creador ya se imagina un final con el derrame del golfo y el Super Bowl, en una ciudad que difícilmente se ahogará (cantaba Steve Earle). Larga vida a NOLA. Sólo falta una semana para que vuelva a la pantalla.








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