Siempre me han gustado las películas en las que se cuentan varias historias con un tópico en especial. Algo que puede ir desde las cintas del mexicano realizador de Amores Perros, 21 Grams (la mejor) y Babel; pasando por Magnolia de Wes Andersom; hasta cuestiones más delirantes como los monólogos en Waking Life del director Richard Linklater (más que un cineasta a veces parece un filósofo). Razón principal por las cuál me animé a ver París Je t´aime y New York, I love you. Que cada una por separado, en su mayoría cuentan historias de amor en las respectivas ciudades, mostrando de fondo a las urbes: sus costumbres, las calles y avenidas (los taxis por Manhattan y las estaciones de metro de París), los monumentos y plazas, la forma de pensar de su gente y un gran etcétera que no podría abarcar todo lo que representa un lugar, menos aún semejantes metrópolis.


Pero esto no es una crítica. Ni una reseña de ambas. Ni destacar que la que trata de la ciudad de las luces, los cortos los dirigen personajes como Gus Van Sant, los Coen, Walter Salles, Alfonso Cuarón, entre otros; ni que en la de NY actúan Andy García, Natalie Portman, Ethan Hawke, Gary Cooper. Ni que ambas a ratos son excesivamente cursis para mostrar cómo se conocen dos personas en una ciudad de millones; o que las historias de París, sin ser una obra maestra, superan infinitamente a los relatos románticos dentro de la Gran Manzana (un gran fiasco). De lo que se tratan estas líneas es de pensar un poco y tratar de imaginar la forma en que se haría una película parecida en Guayaquil. ¿Cómo podrían conocerse dos extraños en el trópico? Juntar varias historias y hacer algo real. Sea lo que sea esto.
No imagino aún las historias, por el momento habría que buscar el preámbulo. Tal vez buscar hechos comunes u otros que pasan un sola vez. Todos envueltos en un ambiente de inseguridad provocado por la alta delincuencia de la ciudad, donde hablar con un extraño en plena 9 de Octubre o calle Portete arrastra cierto nerviosismo, creo que más aún en bus (algo excepcional conocer a alguien bajo esta circunstancia); tampoco podrían haber besos en el malecón, ya saben: por los metropolitanos y sus silbatos (aunque los relatos son de encuentros, pero un vacile vago no habría que descartarlo); y contar historias que tengan que ver en espacios públicos como parques (desde el de las iguanas, el del centenario o alguno por La Alborada) tendrían ciertas dificultades a la hora de crear los diálogos por el poco uso que le damos a los mismos (sin embargo un corto que retrate el romance de un guardia con una chica de servicio doméstico de alguna casa cercana lo he visto más de una vez).


Sin que sea costumbre en el bus he conocido a mujeres y he conversado un rato con alguien a las 3 de la mañana en una gasolinera mientras comíamos algo o comprábamos más trago. Son casos bastante aislados, por lo que creo que no sería un director recomendado para dirigir un proyecto así. La verdad que casi no paseo por Guayaquil, no la vivo, no la respiro. La mayoría de veces me dirijo de un lugar a otro, de norte a sur, de este a oeste. De encerrado a mi casa a encerrarme a algún otro edificio. Caminar por la 9 de octubre, por la bahía, por Las Peñas o por Urdesa son cosas que cuando las hago pareciera que las hiciera por primera vez. Podría escribir un guión que suceda dentro de algún bar y con invitación a bailar, dos personas desempleadas que durante una entrevista (donde ninguno de los dos será el elegido – sino el sobrino del Gerente de RRHH –) conversan e intercambian teléfonos, alguna caminata en Salinas o Montañita, en la playa donde todos son amigos (y que son casi anexos de Guayaquil), entre otras cosas que se me ocurren.
De que tiene su encanto, lo tiene; pero no sé si Guayaquil sea una ciudad para este tipo de historias… Especialmente al aire libre. Creo que la mayoría serían puertas adentro.
