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3 de enero de 2012

Un hombre muerto que al final venció

Es primero de enero y todos celebran, descansan, se relajan porque es un nuevo comienzo. Walter White piensa que es hombre muerto y ríe sin parar. Venció el cáncer, pero al final los acciones tienen sus consecuencia y WW tiene que pagarlas con intereses.

Piel erizada, lágrimas sin saber porqué, rostro con boca abierta y expresión de no creer lo que esté viendo... Busco en foros personas que compartan lo mismo, somos pocos pero formamos una pequeña sociedad... De los mejores momentos en la historia de la televisión... Absoluta locura. Todo se estaba cocinando hasta este punto... Había hecho un plan de capítulo diario de ver Breaking Bad. Había cumplido el cronograma hasta este punto, luego fue imposible no querer más...

Bryan Cranston se merece un monumento por dale vida a uno de los mejores personajes ficticios creados... El antihéroe por excelencia (spoiler) por ahora ganó...



9 de marzo de 2011

Ya nada importa


Ésta es la crónica de una muerte anunciada: Walter White es un buen tipo. Un buen vecino. Un buen profesor. Un buen padre (casi ejemplar). Un buen esposo. Nunca se aprovecha de nadie. Deja las cosas pasar. No le pone mala cara a la mierda que lo rodea y bombardea. No se queja. Tuvo la oportunidad de ser rico, más joven, y no la tomó (por orgullo, por no confrontar, por pendejo). Ahora endeudado, con la hipoteca persiguiéndolo, su hijo con parálisis cerebral y su esposa embarazada en un momento no conveniente, a los cincuenta años la vida le regala un cáncer. Al pulmón. Inoperable. Ese punto de inflexión es lo que vemos. Lo que queda de su corta existencia, el comienzo, lo que vale la pena contar. La historia de un hombre dispuesto a hacer cualquier cosa para dejarle algo a su familia, una herencia, un futuro, tranquilidad; y de paso para vengarse de todo el tiempo que desperdició, coger al fin al toro de los cuernos y arrastrarlo al matadero. El más grande antihéroe que la televisión ha visto anda suelto produciendo metanfetaminas en el vasto desierto de Nuevo México.

Breaking bad es una serie de culto por excelencia. Una serie de cambio. Un cuadro en lento movimiento de una metamorfosis, de un tipo que tras subir una empinada cuesta, su castigo, su cruz, llegará al dark side por voluntad propia. Resulta incomprensible entender cómo una historia que cuenta poco muestra tanto, y al final siempre termino con un ¡QUE DEL HIJUEPUTA ESTA HUEVADA!, levantándome del sofá como si me hubieran inyectado adrenalina directo al corazón. Cada temporada parece una larga película que se extiende por horas y por semanas, aunque todo lo que se relata sucede en un puñado de días, meses, en contado escenarios. Una novela desesperada. Deprimente y con humor negrísimo. No es facilona a lo CSI o Bones donde todo se resuelve rápido, se ajusta a la perfección para televidentes a los que les da pereza pensar. Acá hay mucho en medio y el relleno está bueno. Los capítulos mezclan ese estilo, a veces innecesario pero diferente, a lo Tom Scott en Hombre en llamas de cámaras en alta velocidad, mucho zoom y efectos visuales, con el silencio, esterilidad, la monotonía de la vida común, los pasillos llenos de sueros y enfermos de cáncer, los planos del desierto, dándole un estilo de los hermanos Coen: Entre cocinar drogas caseras y llevar una vida decente. Lleno de secretos. Bryan Cranston (anteriormente el jocoso padre desesperado de Malcolm y ahora Walter White) tiene el papel de su vida en una serie llena de elogios y que en dos temporadas no se ha vendido ni suavizado.



Lo mejor de Breaking Bad está en que termina pareciéndose a la química que tanto menciona, otro personaje principal. Toda acción tiene su reacción. Y su director ejecutivo Aaron Spelling (guionista de The X Files) muestra todos los daños colaterales y el proceso de aceptar las consecuencias. La adicción, la vida de los vagabundos, lo que es meterse con dealers dementes, una hermana cleptómana, ver a todos tus compañeros de la DEA morir en el desierto de Sonora, un esposo siendo abandonado por su mujer, un hijo siendo rechazado por sus padres, un padre devastado que estrella dos aviones por accidente, un conserje que es acusado injustamente por narcotráfico. Walter al principio se mete a algo que desconocía, que sólo había visto en películas. En el primer capítulo ya debe matar a un traficante. En el tercero, sin haber cocinado nada de metanfetaminas desde entonces, asesina a sangre fría a otro, asfixiándolo lentamente con el seguro de una bicicleta. Deja morir de sobredosis a la novia de su compinche, Jesse Pinkman; un estudiante que dejó los estudios y que se mete en un montón de problemas, que al contrario de lo que todo el mundo cree de esa vida llena de glamour y dinero con la venta de drogas, en más una ocasión ha terminado embarrado en mierda (una literalmente), y que quien lo interpreta, Aaron Paul, se gradúa de actor en el episodio en el que deben hacerse cargo para que el negocio no se les vaya de las manos, cuando siendo productores y distribuidores un frecuente consumidor le roba a uno de sus vendedores la mercadería, poniéndolo en el altar en uno de los mejores momentos de la televisión que he visto. Jesse empieza a simpatizar y a Walter es imposible no perdonarle todo por mucho de que sus actos carezcan totalmente de moralidad. Poco a poco nos van llevando también al lado oscuro.

Ver como se desarrolla el guión es tener un palco directo al patíbulo, esperando el momento de una ejecución. Nada bueno puede suceder al final, y lo que presenciamos es cómo poco a poco los personajes van descendiendo, manchando todo lo que tienen a su alrededor con sus cadáveres descompuestos. El dinero es otra droga a perseguir. La adrenalina la de los espectadores.

Dos domingos más y se estrena nueva temporada…




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