Lo único que le falta a Buenos Aires es un toque tropical, no sé si caribeño pero definitivamente playero. Eso no lo sentí. Por suerte para el viaje de avión y algo de la estadía, lleve para leer “Atacames Tonic” del mejor cronista que tiene el Ecuador: Esteban Michelena. Una historia con romance y aventura que para libro uno disfruta pero llevada al cine podría terminar en culebrón de tipo novela mexicana. Así como el título lo señala, es una historia de negros, y por lo tanto, sin ánimos de ser prejuicioso y racista (aunque siempre he pensado que uno para escribir jamás podrá ser políticamente correcto), la trama está llena de ladrones, drogas, baile, fútbol y pasión. Todo en un lenguaje costumbrista. A ratos aburre y desde la mitad Atacames pierde el ritmo, pero a miles de kilómetros de distancia, en otoño, mientras devoraba sus hojas, por un rato pudo sentirme otra vez en Ecuador. Acá dejo un párrafo que es de lo mejor que he leído en literatura ecuatoriana.

En la mañana repleta de peloteros, tarde y noche saturada de bomberos. He aquí playa Las Palmas, sede mayor de esta Esmeraldas, guarachera, punta en blanco, caliente, ansiosa, pura finta. Desde acá te veo, mi tierra, que nadie me la dio ni prometió ni nada de vainas. Esmeraldas, Perla del olvido. Con tus negros. Los que andan volando bajo, aguantando cerca de los bailaderos o vacilándose el rap que se cae de las flamantes Dodge Ran. Y los que han levantado algún billete, orondos y ostentosamente felices, apoyándose en las caderas de sus negras coquetas y radiantes.
Pasan mulatas, miembros de la Latin King buscando pleito, marines en pos de estos, rateros ubicando un candidato. El clásico cuentero, drogadote, ofreciendo la enloquecedora yohimbina y la clásica, venerable y potenciadota brocha china. O el bazuco de rigor, para salir de la juma de ayer. Niños de nadie, decenas de negritos silvestres paseando de la mano de la muerte. Siempre agazapados, entre su sonrisa cada vez más inexplicable y ese charolito de tabacos, donde camuflado, el afilado chuzo espera. Listo pa´ que lo libre de todo mal.
De pronto, tipo doce de la noche, el mar cae en quiebra, baja la marea y la rumba, como seducida por una fuerza inexorable, se baraja mar abajo, cielo adentro. Siempre me pasa estos por unos segundos en los que, paradójicamente, el tiempo también se me escapa. Es cuando desembarca la hora parda. De súbito, por instantes, Esmeraldas se me cae en un silencio funerario. A lo lejos, los pitos de un barco saludando al puerto, el ronquido de los borrachos, una bala perdida, una guitarra mal rasgada, los cien metros platos de un choro en ley de fuga. Y ese jadeo de los que no llegaron al motel ni al callejón ni a la camioneta ni bajo los bailaderos. Y se aman urgentes, bestiales, entre jaibas, mosquitos y vasitos de prensados.
Por el puerto, de un mar lejano va entrando una tristeza de segunda, tibia y lamentable como una cama recién usada; larga como las piernas de La Niña, espesa y malherida como las selvas de Borbón. Va llegando la hora parda. Densos, sordos y eternos minutos que toda Esmeraldas recala y desaparece de pronto, como un coletazo de lagarto. O se queda quieta, con la boca abierta, como animal cazado. Como recién muerta por olvido o causa natural, velada solo por fantasmas que resoplan bajo los toldos, ríen por las hendijas de guadúa y espían entre los techos de hojalata. Ahí se oyen de lejos los lamentos, los alabaos. Va llegando la hora parda. Por La Boca, por el Pampón, por Isla Piedad, Puerto Limón, por La Rivera. Sonando grave, tenaz, distante. Como un bajo eléctrico, con el músico muerto. Y el dedo quieto para siempre. En clave de re.
