La ópera nunca me ha gustado, en realidad nunca me han gustado las actuaciones histriónicas donde se debe hacer un esfuerzo supremo para contar una historia. Solo provocan nervios, sonrisas nerviosas. Lo de las grandes voces, acompañados únicamente de una orquesta o sus cuates tenores, es otra cosa: Un privilegio de escuchar. Y lo más destacable de estas composiciones son sus letras, precisamente por su sencillez que resultan perfectas acompañadas por una poderosa voz. Sarah Brightman canta junto a Andrea Bocelli y la Orquesta sinfónica de Londres “Time to say goodbye”. La letra es bellísima, originalmente cantada en italiano, de esas que dejan todas las emociones de uno desparramadas en el piso, como la escena de un atroz crimen; y ahora justamente la recuerdo porque después de nueves largos meses me despido de Cuenca (de esa Cuenca que pude descubrirla a medias, sin ser un completo voyeur porque los planes eran otros, pero de la que pude degustar muchas cosas y las ganas siguen ahí de seguir descubriéndola, desnudándola, verle su verdadero rostro) y las estrofas son un recordatorio del futuro planeado después de haber vivido y marcharme de otra ciudad: Es hora de decir adiós/ países que nunca/ he visto y vivido contigo,/ sí que los viviré ahora/ contigo partiré/ en los buques de mar/ yo sé qué/ no, no, ya no existen,/ es el momento de decir adiós…
Y aunque la lírica de la canción de Brightman no es una analogía de la realidad, porque no es como decía Drexler que solo necesita su Guitarra y a vos (en mi caso solo una mochila y un par de libros), el próximo destino será Buenos Aires, el 7 de mayo estaré ahí para gritarle: Hey, que te pasa Buenos Aires, es con vos, no es la tecno y el rock… cuando estés así sácate el diablo de tu corazón. Dos meses recorriendo Argentina por lugares que nunca he visto y vivido, visitando familiares y amigos en el primer otoño que tendré. “En ese frío que siempre complica las cosas”, como decía Julio Cortázar, porque “en verano se está tan cerca del mundo… hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse cerrando, alejando”. Y como es primera vez, nervios incluidos, ojalá que le puede dar vuelta a las palabras del cínico de Cortázar.
Buenos Aires 6 días y luego a Montevideo (Uruguay), después Rosario, seguido de Santiago del Estero (tiempo con la familia), Tucumán, Jujuy, Mendoza, Chubut, Córdoba y de vuelta a Buenos Aires. 60 días entre tomar dos aviones. Buscando mudarme a la calle de la alegría como canta Sabina, pero mientras tanto disfrutar de la tierra de donde viene la mitad de mi ascendencia. Descubrirla por sus sabores, olores, mujeres y el resto de su gente, y no tanto por sus edificios, próceres o confort. Solo, en esa soledad que te restriega la realidad en la cara, te obliga a comerla y no te deja vomitarla, te rasca con su puntiaguda uña en la noche pero que es tan necesaria. Trabajar para disfrutar, así que ha llegado el momento de echar el resto, hacer el aguante porque el futuro monótono, ese de trabajo, familia, saludos convencionales, microondas, meriendas a las siete en punto aún no importa y el destino es ignorado. A partir del 7 de mayo la administración del blog entra en vacaciones, pero por lo pronto mañana será “time to say goodbye” a Cuenca (un goodbye de chao y no de adiós) y el último recorrido por el Cajas.
