31 de diciembre de 2010

2010 (inventario)


Last day. Chuchaqui. No tanto. Más bien cansancio. A Diva de vuelta a los tiempos. Para despedir el año con un concierto de Los Pescados. No hubo tanto ambiente ni mucha gente. Pero cargo – y bien – las pilas para lo que venía después. Bacán. En preli de amanecer 31 decirle chao a ese maldito–bendito. Y si en sanas condiciones resulta cagadísimo detenerse, parar, mirar atrás y analizar lo que pasó, lo que se acaba de hacer, con algunas gotas de alcohol todavía en el sistema no hay mucha diferencia para sentarse y hacer el cierre de año. Cuadrar el balance y repartir los dividendos a los accionistas.

Sin querer entrar en detalles que desde octubre el DVD se me dañó y no he podido ver mayormente películas a precios módicos, y que por un largo periodo de desempleo leí libros a montones, aunque la mayoría no es recién salido del horno sino que es lo encontrado en el año – de décadas, siglos atrás –, acá van los cañonazos bailables de este 2010 que ya se va.

Libros:

The Stand, Stephen King: Puede que peque de comercial, pero uno de las mejores novelas que he leído hasta esta parte de mi vida. Podría ser el libro favorito en cualquier año, incluso en uno de gripe porcina. Realista en dosis extremas, visceral. Sobran pocas de sus más de mil páginas.

Crónicas, Bob Dylan: Se han escuchado tantas cosas de Dylan que hace un par de años el mismo protagonista decidió contar su historia. Entre el relato normal y la poesía, muy buena autobiografía y excelente homenaje a sus influencias.

Walden, Thoreau: Hay páginas totalmente inútiles por la época y por lo que hace referencia. Los costos para empezar una vida solitaria y sin las obligaciones cotidianas pueden pasarse de largo; sin embargo hay partes que son pura filosofía para ponerla en práctica, las palabras de un hombre que sabe y quiere la verdad.

Nueve historias, Salinger: Conocer a la familia Glass es adentrarse en los orígenes de la onda indie, las pinturas rupestres de lo que luego se verá en el Sundance. La familia disfuncional en acción. Personajes artesanalmente elaborados en situaciones cotidianas. La frase del tipo maldiciendo a los que se enlistarán en la guerra con los esquimales es la manifestación de un genio.

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera: Junto a El pasado de Alan Pauls, la mejor novela sobre una pareja que existe. Un best-seller que le ha gustado a muchos y que sirve para formatear el disco duro. Por algo ha de ser. La primavera de Praga, la pérdida total de eso invisible llamado intimidad.

Hablemos de langostas, David Foster Wallace: Hablar de Foster Wallace es hablar de un tipo que como laboratorista ha diseccionado la sociedad. La comprende, se burla de ella. Uno de los pocos retos del 2011: encontrar toda su obra y leerla dos, tres veces.

Los detectives salvajes, Roberto Bolaño: La vida hecha poesía. Un viaje por el desierto de Sinaloa para encontrar a la madre del hiperrealismo. Testimonios que van desde Barcelona hasta pueblos de Angola. En la novela no hay grandes frases para poner de status en el Facebook, pero la historia que se cuenta es casi épica.

Películas:

Psycho y Vertigo: Por fin Hitchcock. Con todos sus excesos, depravación, voyerismo. Para bien.

Interview Project: No es exactamente una película. David Lynch esta vez fue directo a la fuente. Al lugar donde está la materia prima para sus obras.

A serious man: No sé si sea del año pasado, lo que sé es que es una de los mejores comedias de los hermanos Coen. La disfruté incluso más que Fargo.

The Road: Siempre pega una película apocalíptica. Ésta es brutal.

The Graduate: Por fin pude ver la melancolía de Dustin Huffman. La escena del aeropuerto, totalmente identificado.

Leaving Las Vegas: Una de la mejores historias de amor que jamás se han contado.

The Hurt-locker: Tour a Irak, con emociones incluidas.

The Wackness: The Catcher in the rye en los 90s y version hip-hop. Ben Kinsley se pasa con su personaje. Nunca confiés en alguien a quien no le gustan las canciones de Bob Dylan.

I’m not there: No es exactamente una poesía que me cambió la vida, pero es totalmente disfrutable. La forma en que Dylan hubiera hecho una película. Ya quisiera tener una novia como Charlotte Gainsbourg mientras al fondo suena I want you.

Last day…

29 de diciembre de 2010

Viviendo del misterio


Quién diría que una pésima y absurda campaña publicitaria, el peor título que se les pudo haber ocurrido a sus creadores y varias malas actuaciones – la primera secuencia del agente queriendo detener a un avión es más que ridícula –, podían ser parte de una serie de televisión que más que buena podría considerársela como entretenida. The Event a pesar de su alto presupuesto no es algo de culto, adictiva para seguir hasta las últimas consecuencias, con numerosos fanáticos organizando convenciones. Se la compara con Lost e incluso yo que nunca he visto un capítulo de la vida de los náufragos pienso que es descabellado y precipitado el comentario. Sin embargo resulta recomendable para, digamos, alguien entre los veinticinco y los treinta años al que su horario de oficina se extiende a la noche, o se detiene en el gimnasio hasta que llega a casa a eso de las nueve, y mientras calienta la cena enciende el televisor para desconectarse del mundo.

Un espagueti en el que se mezclan cosas que ya hemos visto es el más importante enganche: las conspiraciones a lo 24, con las secuencias en las que participa el Presidente de USA como un personaje más; los flashfowards, marca registrada de Lost, para contar historias en el tiempo; y los eventos sobrenaturales llevando un estilo que recuerdan a The X Files. Todos juntos y revueltos para avanzar en la narración y descubrir cuál es el misterio. Qué diablos es El Evento. Y de eso vive la serie, de lo que no se ha mostrado. Lo que explicaría el desabrido final de temporada, digno de un sonoro What the fuck?, en el que no se dijo nada, y ni siquiera mantiene a la expectativa, sino que el parón es por ley, toca, y habrá que seguir con el minuto después el año que viene. Tal vez lo más recomendable es esperar hasta el final y comprar el DVD completo con los episodios que se planean transmitir en los próximos años y verlo de corrido, encontrándole más emoción al asunto entre los cortes, porque a pesar de no haber sido trabajados los personajes al detalle – a excepción del Jefe de la CIA, excelentemente desarrollado por Zeljko Ivanek –, el ritmo trepidante de los capítulos, que geográficamente recorre varios de los Estados de USA, a ratos no te hace pensar en eso. La falla está en el corte largo



Las altas pretensiones con las que empezó The Event puede que sean su maldición. Como dice ese refrán de abuelitas, por querer ser estrella nació estrellada. Porque todo bien con el secuestro de Leila, la pareja del hacker y mandarina novio interpretado por Jason Ritter, hasta que la rescata y ahora la persecución parece un relleno innecesario para la trama. Todo muy bien con la abducción del avión que en lugar de estrellarse en Florida fue a parar a Arizona, y los pasajeros después enfermos que eran lo mejor de la hora de transmisión y ahora casi no aparecen. Regular con los alienígenas secuestrados en Alaska y su enigmática líder Sophia. Y todo misterioso con el viejo de apariencia de hobbit que desea rejuvenecer y por lo cual tiene algunas niñas prisioneras en un hospital psiquiátrico; solo que el efecto transmitido es que por volver complicada la historia para mantener el secreto, se la lleva hasta límites absurdos y poco interesantes. La poca fe es producto de que las ideas parecen acabarse.

No obstante ya estoy aquí, embarcado, y quiero saber cómo se desenredará la complicada teleraña. Pasar el rato con ella hasta su distante final o pronta cancelación. No depende de nosotros...



28 de diciembre de 2010

Hacia la experticia

Ya quisiera cualquier banco comercial tener los mismos métodos de cobro que el operativo a cargo del GIR que incauto varias computadoras de la Revista Vanguardia. Ya quisieran tener los chulqueros semejante despliegue de recursos para amenazar a sus morosos… Un funcionario medio ejecutando el plan en lugar de los Alvarado y su abundante-agresiva publicidad; una excusa pequeña pero valida al final; y el hacer de oídos sordos, sin levantar barullo, del presidente – y otros políticos de altos cargos – ante los comentarios en contra por parte de los afectados es la receta a seguir. El gobierno ha perfeccionado sus tácticas para disminuir los decibeles que podría generar un escándalo de tales magnitudes…

Tanto se podría hablar de las verdaderas intenciones de la incautación de las computadoras, de que el directivo de la revista, Juan Carlos Calderón, es el mismo que publicó un libro sobre la intervención del hermano del presidente Correa en varios negocios del Estado; sin embargo pocos los hacen. Las típicas notas de prensa de los diarios y la casi obligación de los columnistas poco leídos. Nadie en las calles protestando o voces creíbles pidiendo explicaciones. Al menos nuestro diplomático que quería darle visa a Assange. Cri Cri… Como cantaba Manu Chao: ¿Qué pasa por las calles?... Nada, no pasa nada.

Nota aparte: la semana pasada estuve en Quito y el taxista mientras me llevaba a los Chillos me decía que muchos quieren a Correa - se notaba que él era uno de ellos - y que el 30/09 muchos salieron a salvarlo. Que quede clara la existente de espacios donde la gente sí se manifiesta

En estas fiestas cada cual con sus asuntos. Si no revisara la prensa escrita todos los días no caería en cuenta que son diez años del feriado bancario y que a pesar de las promesas en la página web de Alberto Acosta y de PAIS para enjuiciar a Jamil, y meter en la cárcel a los Isaías y demás banqueros corruptos, pocas cuentas se han cobrado. Técnicas que también deberían perfeccionarse, junto a muchas otras cosas que le faltan mejorar al país.

26 de diciembre de 2010

Pasando la navidad con Gizmo y cía...


En el Facebook, una amiga escribe en su estado que «navidad sin Scrooged de Bill Murray o Miracle on the 34th street, no es navidad». Nada… Le faltaron los clásicos Mi pobre angelito y Los Gremlins. Sobre todo la última para mí. Desde que tengo uso de razón en estas fechas tengo la necesidad de ver a Gizmo y sus malvados amigos. Ecuavisa no la pasó, por suerte TCM sí. Todavía la disfruto. Aunque no me crié en los ochentas, un magical mistery tour a la niñez.

Los Gremlins pienso que debe estar entre las mejores películas sobre la navidad que existen. Trata de ser un cuento de hadas ochentero en su superficie con el héroe buen hijo, la damicela en apuros y la malvada bruja que trata de adueñarse del lugar, ambientado en la escenografía de un pueblo pequeño que podría estar ubicado en Oregon, Colorado o Seatle, y que de seguro fue utilizado para otras cintas, teniendo algo de Blue Velvet, un sueño húmedo para los seguidores de Reagan con la visión de suburbios tranquilos, verjas de madera pintadas de blanco, casas que no colocan cerraduras en la noche, hombres que llegan de trabajar con una sonrisa de esfuerzo cumplido, familias perfectas para portada de revista hogareña; pero hay algo más y su director Joe Dante sin ser tan escabroso como David Lynch también quiere mostrarlo.


En las comisuras de esa nostalgia de las fiestas, de los que no la celebran, quienes se emborrachan en la víspera y se quitan la vida, los endeudados y desempleados que tratan de poner buena cara, aparecen los anárquicos monstruos – Rayita a la cabeza – con su moraleja de la responsabilidad ante los regalos y el humor oscuro que provocó no ser apta para todo el público.

Ahora que las calles andan medio muertas y se supone que son tiempos para estar en familia, encerrado, unplugged, un buen regalo siempre es que se abra la señal de cable… Ya vi Avatar por primera vez, al menos la primera hora. Lo mejor de estas fechas: la oportunidad de devorar películas como loco en casa. No importa si son nuevas o si es la centésima vez como los amiguitos de color verde, el viejo de Culkin y cía…

Por cierto, feliz navidad a todos jojojo…

19 de diciembre de 2010

La belleza del suicidio

Compro la última SoHo al pelado de la esquina, al mismo que me pasó un billete de cinco dólares falso, y veo de reojo las palabras “suicidas” y ”Leila Guerreiro” en la incestuosa portada censurada. De una asocio y pienso que por fin leeré la crónica de la escritora argentina sobre el pueblo que durante una temporada vio a sus adolescentes quitarse la vida; un lugar de la Patagonia cercano al fin del mundo con un nombre musical. Nada. No se trataba de la pieza periodística que luego se convirtió en libro y terminó en un documental lleno de silencios, de vacíos, de soledad y desierto, de enfoques a árboles agitándose, la brisa ininterrumpida por algún ruido. Lo que había adentro era otra cosa, pero a la vez lo mismo.

Lo que había adentro era nuestro pueblo de suicidas, de un sitio de la provincia de Chimborazo en el que muchos niños se quedan sin sus padres que tienen el sueño de migrar, que mandan plata para el entierro de sus pequeños pero no vuelven. Quien la escribe es Marcela Noriega y todo bien, muy bien. Aunque sigo con las ganas de leer la crónica de la Guerreiro – que en esta SoHo apareció con una historia de anos y pezones –, disfruté mucha de la criolla.

He pasado por Chunchi en varias ocasiones, por ese lugar que está luego del desierto de Palmira, donde todavía existen internados para las niñas de otras ciudades que se portan mal, con su eterna y angustiante neblina. Nunca me detuve pero desde la primera vez sabía que escondía algo, que sus habitantes no eran iguales a las personas que uno normalmente conoce. Bacán por Marcela Noriega que fue hasta allá para descubrirlo, y mejor aún cómo lo cuenta, que más que describir si posee un estilo colonial, republicano, y mencionar las influencias para construir la casa, la de Usher, lo que hace es hablar sobres sus habitantes, sus anécdotas, sobre los que pasaron por ahí y la historia de esa gran mancha de humedad que es lo único que queda.

Un viaje por la Ruta 40 argentina, haber leído Los Detectives Salvajes de Bolaño y un amigo mostrándome una quebrada en Loja donde muchos despechados terminan con sus penas, me dieron la idea de un cuento. Un tipo que a dedo, en bus o en bicicleta recorre desde México hasta Ushuaia porque en el fin del mundo quiere quitarse la vida, y otro que lo conoce en Bolivia y decide acompañarlo, sin tratar de convencerlo de cambiar de idea, con las ganas de estar en primera fila para presenciar el acto. Un año después y sigue ahí. En pocas líneas. Qué cagada… A veces creo no avanzar porque poseo esa misma característica de muchos ecuatorianos, de todo explicarlo políticamente correcto, a manera de tesis de grado, de ensayo académico, o de forma populista para las tribunas; como los comentarios del Dr. Arguello que aparecen en la misma SoHo referentes a las cartas de suicidas, del tipo: «lo más probable es que la persona haya sufrido de algún evento traumático y no cree poseer los recursos para superarlo». Atrás de esas hojas escritas, llenas de desesperación y faltas ortográficas habían historias, vidas, situaciones, reacciones más grandes que un cuadro clínico. Hubiera sido mejor eso, hubiera calado en los huesos. Y de buena manera.

Marcela – no Noriega sino una amiga –, después de haber leído los papeles inesperados de Cortázar, me mencionaba las ganas de llorar que le quedaban con las cartas que el Cronopio le enviaba a su amor, ambos enfermos de cáncer pero separados, ambos sabiendo que en algún rato la muerte los iba a abrazar. Las palabras de alguien que no tiene nada que perder, infectadas de la verdad pura y dura, de un hombre asustado que por fin puede decir lo que quiere. Hemingway, Foster Wallace, Caicedo, Medardo Ángel Silva, las ficticias Vírgenes suicidas de Coppola, Ed Harris lanzándose al vacío frente a los ojos de Meryl Streep en The hours. En la muerte puede haber mucha belleza… Al final de Rayuela el buen tipo de Horacio Holiveira no se lanza de la ventana de quinto piso del manicomio, Gretchen en el hospital lo llena de comida…

17 de diciembre de 2010

Viejo Ozzy

En oscuras reuniones celebradas en cuartos alumbrados tenuemente por luces negras, en callejones donde se acumulan los cuerpos sin vidas de palomas decapitadas, se habla de que el Viejo Ozzy, casi sordo y más, viene a Ecuador.

Un auditor-consultor peruano que vino a la oficina y me cayó bien, aunque revisaba hasta las migajas de lo que había hecho, porque ponía Pink Floyd mientras trabajábamos, me comentaba de que era seguro en Lima. El tipo estaba emocionadísimo. Bacán por el man. No pertenezco al ejército de las tinieblas ni soy un enfermo fanático de la vida y obra de Ozzy, pero si en el calendario continua apareciendo Quito y todo coincide armoniosamente, por un par de canciones iría.


14 de diciembre de 2010

Treme


Sin saber si a él se le ocurrió, o lo escuchó del bajo mundo y lo volvió suyo, por ahí Rodrigo Fresán decía que si en en estos tiempos de Wikileaks y calentamiento global, Shakeaspere o Cervantes estuvieron vivos, con una laptop asentada en sus piernas y enviándose mails mutuamente y a sus amigos Dostoievski y Víctor Hugo, seguramente escribirían guiones para HBO. Nada en contra de los libros. Totalmente a favor de la televisión. La caja tonta se convirtió en la caja inteligente. Se comentaba y se aún se rumora por oscuros y angostos pasillos literatos que la gran novela de este siglo XXI vendrá en formato para la pantalla chica.

No sé si es la más grande obra, pero definitivamente de lo mejor de estos tiempos ya fue filmado y presentado por HBO. Al no caminar el español ni el británico dramaturgo por esta época de fibra óptica y calles asfaltadas, la misión cayó en David Simon, que creó y escribió esa novela rusa ambientada en Baltimore llamada The Wire, de la que voy por su segunda temporada porque no alcanza la plata para contratar el canal, y por la calidad vista pienso que debería guardarse en la biblioteca personal para la posteridad.

Ahora Simon tiene un nuevo proyecto luego de haber pasado un tiempo con las tropas de Iraq. New Orleans tres meses después de Katrina. Un barrio de la ciudad, del que coge el nombre la serie de televisión. Un barrio que sobrevivió a la inundación. Un barrio lleno de músicos. The Wire cuesta por su anódino mundo. Al cuarto capítulo entendías lo que pasaba, y para bien o para mal te convertías en un junkie. Con el primer episodio de Treme, los seis minutos iniciales, pasa lo contrario. Engancha de una. Creo no haber visto un mejor comienzo para un programa de televisión. La hora y media que dura el estreno parece una excelente películas indie. Espero que esa sea la escencia del lugar, porque ni bien tenga chance espero tomar un avión hacía allá, hacia Treme. Como diría el pana Andrés Caicedo: ¡Que viva la música!...


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