El eterno candidato al fin ganó. Habrá comentarios diciendo que se tardaron en reconocerlo y otros que la justicia aunque demora siempre llega. Lo cierto y comprobable es que la valía dada a estos premios, por cada uno, va de acuerdo a la simpatía que le tengamos al galardonado. Un asunto más de sentimiento. Si es de nuestro agrado lo celebramos, lo brindamos; caso contrario, incluso, podemos desestimar algo como un Nobel, embadurnando en mierda a los jueces por su decisión, tildándolos de snobs y de vivir en algún hueco lejano a la realidad – recordar el año pasado cuando varios se preguntaban quién diablos era Le Clézio y qué había escrito –. Ahora que Mario Vargas Llosa entró al grupo selecto de la literatura no sé cuál sería la reacción apropiada ante la noticia.
A pesar que a los dieciséis – CARA: - leí y repetí una decena de veces Los Cachorros, estremeciéndome con la mordedura contra Pichulita Cúellar, enganchándome con la historia del grupo de amigos jugando pelota después de clases, aprendiendo a bailar mambo para conquistar señoritas, creciendo todos a excepción del pobre Pichulita que se resistía por no sentirse hombre; y a pesar que gracias a Pantaleón y las visitadoras pudimos ver a Angie Cepeda como se debe – un libro obligatorio para las escuelas de administración: el negocio perfecto –, al resto de la obra de Mario Vargas Llosa no la seguí mayormente. No han llegado a mis manos La casa verde, ni La tía Julia y el escribidor. Tal vez – SELLO: – se deba a que al autor lo considero más como el activista liberal, analista político, candidato a la presidencia del Perú, intelectual que le dio la espalda a la revolución, individuo que golpeó a García Márquez por una mujer y el resto del polémico personaje que es en la vida real – no faltará el cubano, venezolano e izquierdista dogmático quejándose por la designación –, que como el escritor, creador de La ciudad y los perros y otras reconocidas obras. APARTE: Por lo que seguro hay que aplaudirlo es por no quedarse en su escritorio viendo como el mundo se mueve.
El mes que viene, si el bolsillo deja, pensaba viajar a Lima en plan road trip con varios amigos. No sería mala idea, aunque sea en uno de los mercados piratas, hacerme de un par de novelas del nuevo Nobel de Literatura. Por el momento al menos una sonrisa ante la noticia. Tan mal no me ha caído...
Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat. Hermano Leoncio, ¿cierto que viene uno nuevo?, ¿para el “Tercero A”, Hermano?Sí, el Hermano Leoncio apartaba de un manotón el moño que le cubría la cara. Ahora a callar. Apareció una mañana, a la hora de la formación, de la mano de su papá, y el Hermano Lucio lo puso a la cabeza de la fila porque era más chiquito todavía que Rojas, y en la clase el Hermano Leoncio lo sentó atrás, con nosotros, en esa carpeta vacía, jovencito. ¿Cómo se llamaba? Cuéllar, ¿y tú? Chingolo, ¿y tú? Mañuco, ¿y tú? Lalo. ¿Miraforino? Sí, desde el mes pasado, antes vivía en San Antonio y ahora en Mariscal Castilla, cerca del Cine Colina. (+)
Pasó el fin de semana. Y pasó bastante tranquilo. Como si nada hubiera sucedido, como si no hubiera nada que lamentar. El viernes, después de una mañana cautelosa, se podían ver otra vez policías en las calles – con operativos a lo largo de Guayaquil –, se volvían a escuchar las propagandas del Gobierno – un nuevo rap circula por las radios –, las calles retomaban su ritmo, los cines y las cafeterías atendían. En las redes de internet se hablaba de ir a la playa o de salir a farrear más tarde. Fui a jugar fútbol ese día y los bares estaban abiertos, repletos.
Siendo parte de ese bizarro escenario, ahora no me resultan tan descabelladas las imágenes que años atrás veía, cuando jóvenes en Beirut salían a discotecas, bares y sitios de diversión, mientras aviones israelíes bombardeaban la ciudad. Así como los libaneses están acostumbrados a estas situaciones, pareciera que los ecuatorianos tenemos un gen, o en parte de nuestro inconsciente colectivo, que nos hace inmunes a lo que viene después de estas radicales protestas. El mundo continúa girando. C´est la vie.
Con el transcurrir del tiempo las cosas se verán más claras. Todos esperamos saber por qué se produjo la batalla afuera del hospital de la policía, si supuestamente le iban a hacer una calle de honor al Presidente; saldrán a la luz los responsables de los violentos hechos; conoceremos si Correa en realidad estuvo secuestrado – se dice que él siempre estuvo despachando, pero es de recordar que la razón por la cual terminó en el hospital se debió a las agresiones sufridas en el Regimiento y a que no lo dejaron tomar un helicóptero cuando pensaba marcharse – .
Por el momento – cuatro días son una mejor fecha para comprender los eventos ocurridos -se puede señalar que llamar intento de Golpe de Estado a la sublevación del jueves pasado resulta exagerado, aunque el caldo de cultivo estaba servido para acabar con la democracia si otros grupos se hubieran sumado a las protestas - sin olvidar que los policías nademás de paralizarse cerraron vías de acceso a las ciudades y se tomaron calles principales –; y que la suspensión de la transmisión televisiva constituyó un abuso de parte del Gobierno a los ciudadanos al imponer su visión de los hechos, así se indique que esto se llevó a cabo para mantener el orden y evitar la radicalización de otros sectores.
A las lamentables muertes y millones de dólares, se suman como pérdidas la desconfianza en la institución policial por parte de la población; las reacciones del Ejecutivo señalando que no van a dar marcha atrás, siguiendo con su prepotente y avasallador estilo para gobernar; la imagen que se le da al exterior de país inseguro e inestable; y la contribución a una mayor degeneración de la sociedad – es increíble ver en la foto al ladrón a sus anchas en plena Perimetral con un arma de tan grueso calibre –, compartiendo con la bloggera Princesa Quil que es lamentable que necesitemos de alguien vigilándonos para permanecer controlados.
En la primera película de El Padrino, antes de que Michael Corleone asesine al Jefe de policía McCluskey y al turco Sollozzo en la escena del restaurante, Clemenza le dice al personaje interpretado por Al Pacino que no se preocupe por lo que va a hacer, que estas cosas pasan cada diez o veinte años. De igual forma las protestas generadoras de caos son tan comunes en el Ecuador que cuatro días después ningún dirigente nacional, la alcaldía, la policía o sectores sociales han sentido la necesidad de discutir estos graves hechos y sus consecuencias. Como si nada hubiera sucedido no nos vemos intentando juntar las piezas de ese simpático florero llamado Ecuador que todos quebramos.
Y porque el viento se mueve, porque empieza a apestar, porque así es la vida o porque es algo intrínseco en los ecuatorianos, con un mal sabor, este blog empieza a pasar la página…
Habría que estar en coma clínico para no conocer de las protestas de los estudiantes y servidores públicos en contra de leyes que se están discutiendo en la Asamblea. Se sentían tiempos turbulentos; ¿pero alguien se esperaba lo que ocurrió hoy? Terminar el día, sentado frente al televisor, viendo el rescate del Presidente del país en medio de una batalla campal entre militares y policías. Viendo a ese pobre miembro del GOE rodar al caer del vehículo y permanecer inmóvil, rodeado por sus asustados compañeros que no sabían si debían moverlo.
Dudo que alguien hubiera imaginado que como gripe porcina se propagarían los levantamientos en los cuartes policiales luego de que el Regimiento principal de Quito y otro de Loja se declararan en paro, en rechazo a artículos de una ley en la que se le quitan beneficios adquiridos en el pasado. Menos aún si en principio se suponía que la manifestación duraría media hora. Sin embargo de un rato a otro todo el Ecuador se quedó sin el servicio público, y los gendarmes, como si estuviera todo planeado, se tomaron las ciudades. En Guayaquil bloquearon el acceso al Puente de la Unidad Nacional y se congregaron en la Av. de las Américas, en Babahoyo cerraron las vías de acceso al cantón, en Cuenca e Imbabura quemaron llantas en la vía Panamericana. En Quito las protestas eran mayores y a medida que pasaba el tiempo nos enterábamos de sublevaciones en Manabí, Esmeraldas, Chimborazo y otros lugares. ¿No saben los policías que con este tipo de protestas que terminan en un caos sin precedentes,Correa puede imponer ese régimen autoritario que todos temen; con restricciones a la prensa, militares en las calles y toques de queda? Sin sus uniformes, y nadie que los controle, son capaces de provocar más desmanes que cualquier otro grupo con bombas molotov en la mano.
Correa se sacaba la camisa y desafiaba a que lo mataran. Fue agredido con gases lacrimógenos y llevado al hospital. Al mismo tiempo se empezaba a escuchar del robo de una agencia bancaria en Portoviejo. Cerca de mi casa, en La Alborada, las calles parecían 1 de enero con los locales comerciales cerrados. Se rumoraba que en Plaza Mayor pandilleros estaban asaltando a transeúntes. En la televisión los ojos de Águila mostraban como el local de Jaher era vacíado - un hombre con una refrigeradora en sus espaldas se podía distinguir a lo lejos -. En la bahía un vendedor ambulante era pateado en el piso, al mismo tiempo que colegiales lanzaban piedras a los dueños de los comercios que con palos trataban de defender sus puestos. La radio era una máquina de malas noticias. Saqueos en el puerto. La Gobernación de Riobamba era tomada por el Frente Popular. La CTG también hablaba de sumarse al paro. Cualquiera que tenía algo que protestar salía a la calle - era de ellos, de los radicales -: los de la Federación Universitaria, los estudiantes del Aguirre Abad contra los del Vicente Rocafuerte, los afectados por el robo en Monte de Piedad en Cuenca. Lourdes Tibán - líder indígena – felicitaba por los actos a la policía. Se pedía a la ciudadanía que permaneciera en casa y la reportera de Canal Uno exacerbaba el miedo pidiendo que pongan trancas a las puertas. En Telesur se hablaba de golpe de Estado. WTF? ¿no sólo se trataba de una protesta? Aunque después de todo estamos en Ecuador. Lo único que faltaba era alguien declarando la constitución de la República Independiente del Guayas.
Revisando Facebook varios de los contactos que tengo agregados ponían en sus estados que se encontraban en el centro de Guayaquil y no podían salir, que estaban asaltando el Supermaxi y robando los autos en los semáforos. Otros escribían que Correa se vaya a Venezuela y no vuelva, lo tildaban de maricón y expresaban todo el odio acumulado contra él, que los policías por fin estaban haciendo su trabajo. Algunos, por otro lado, criticaban a la policía por la inseguridad de la ciudad, mencionaban que no debían atentar contra la democracia, invocaban a Dios para que proteja al país y al Mandatario. Y unos cuantos, minoría, se divertían con mensajes de que la protesta era contra Maruri y no contra el presidente, que mañana iba a haber mucho material para “En carne propia”. Me gustó un debate: Steven después de escribir en el muro de Mariglen que el presidente era un maricón y un estúpido en varios mensajes con la misma idea, ella le contestó que al parecer él no estaba sufriendo sino que estaba muy divertido con la situación. Steven le dijo que estaba cabreado porque a su hermano lo habían hecho marchar hasta el Puente para defender al presidente, y que si no lo hacía lo botaban de su trabajo – una empresa pública –. Mariglen también le mencionó que a ella en la marcha de Guayaquil la obligaron a asistir. Pude darme cuenta de que no existe diferencia entre ambos bandos. En Ecuador quien puede utilizar la fuerza bruta y la imposición siempre ganará.
Se hablaba de que el Presidente estaba secuestrado en el hospital. Patiño invitaba a que vayamos a liberarlo. Las estaciones de televisión estaban en cadena nacional ininterrumpida y se notificó que hubo intentos de atentar contra las antenas de varias. Un oficial de policía decía que era falso lo del secuestro y que el diálogo para solucionar el inconveniente estaba dándose. Cualquier duda de que se trataba de un intento de golpe de Estado se despejó con la balacera y el rescate. A continuación la decepción: Correa libre en Carondelet decía que mucho debían aprender los oficiales y la oposición con este acto, lástima que no menciono lo que él había aprendido.
Acciones totalmente injustificadas como las del día de hoy pudieron haberse prevenido con la existencia de diálogo, invitando a participar a los involucrados y no imponiendo vetos con artículos que no fueron discutidos en las leyes en un principio. Esa es la lección de hoy, además de que pudimos conocer que el interés principal de la policía no es servir y proteger, y finalmente supimos hasta dónde son capaces de llegar - el oficial inmóvil en el rescate sigue cayendo en mi cabeza -.
Afuera, en la calle, que se ve tan lejos y vacía, suena una sirena. Seguramente nada bueno avisa.
Sospecha, obsesión, morbo. La mirada fija de James Stewart conduciendo su auto es una postal del cine; de esas para imprimir tarjetas de clubes - como la que yo tenía del MAAC de la Lolita de Kubrick con sus gafas en forma de corazón –.
Cuando Hitchcock decidió dirigir Psycho, lo hizo para alejarse de las exigencias de los grandes estudios. Con Vertigo el director utilizó varios de esos excesos, de ley, para bien. Le sacó el jugo a esa inicial persecución, acompañada por una excesivamente intrigante música, en un tejado; a los psicodélicos sueños del protagonista y los retrocesos de la historia; a las locaciones de una San Francisco que después de ver la película dan ganas de elegir como destino para las próximas vacaciones; y a las intensas, y a ratos melodramáticas, actuaciones.
Y todo bien cuando Ferguson renuncia a la policía después de que no puede salvar a su compañero, las conversaciones asexuales con su intelectual amiga, y el seguimiento a la imponente Madeleine. Todo bien hasta que la rescata en el río y la lleva a su apartamento. Luego un edulcorado, melodramático, cursi enamoramiento causante de sopor; solo que cuando los ojos empiezan a cerrarse del sueño, se ve caer a Kim Novak de lo más alto de una iglesia. «Aguanta… Aguanta… pero si recién va una hora de película». A Hitchcock no le importa romper el argumento principal. El McGuffin ya no existe y la trama siguiente es el tratar de volver al pasado. Una peligrosa obsesión. Un romance necrófilo con altos y bajos.
Se nota a leguas, con su bajones y excelentes ratos, que la película está hecha para durar la eternidad a lo Citizen Kane o Casablanca. Sin embargo, como sí lo hace con el Watson de House - Wilson - y otras personas que la idolatran, no me cambió la vida ni la forma de ver las cosas.
2. “Nicholas Ray es el cine” decía Truffaut. Una frase que se me grabó y la escuché, por primera vez, del altanero y engreído Theo al conocer, y saber que le gustan las películas del director, al tímido Mathew durante la huelga de la cinemateca en The Dreamers de Bertolucci. Ahora que al fin pude ver Rebel without a case tendré que desechar la cita porque confieso que no encontré a ese cine del que hablaba el realizador francés.
Son los 50 y estamos ante una pelea entre viejo e hijo sin ningún motivo aparente más que la incomprensión. Luego la madre, durante la escena en que se encuentra junto a su esposo en una patrulla de policía, menciona con dramático tono que en muchas ocasiones había escuchado de estas historias, pero jamás se imaginó que sería parte de una de ellas. Sacar los trapos al sol. Mostrar lo que nadie se había atrevido. Eso es lo que esperaba. ¿Y que pasó? Veamos: tenemos a un adolescente que se emborracha de vez en cuando y sus rebeldías son, además de una pelea con navajas, hacer sonidos en el planetario, con unos papá y mamá que poco le importan y prefieren huir a su obligaciones; una muchacha que ya no se siente la hija de papá y juega el papel de niña mala en una banda; y a un solitario joven rechazado por sus familiares y molestado en el colegio. No como la imaginaba, porque todo termina en una historia moralista que parece salida de una terapia para padres.
No es que la película sea mala, pero cincuenta años después es lógico el sarcasmo al presenciar una trama tan Z. Historias salidas de la mente de Easton Ellis con jóvenes en medio de orgías invocadas naturalmente y narices polveadas con coca son lo bastante más reales para estos tiempos. Aunque junto a sus contemporáneos The wild one con Brando y El guardíán entre el centeno de Salinger - personajes que me parecen mucho más rebeldes que el Jim de James Dean - advierten la llegada de los locos sesentas.
Nicholas Ray terminó su carrera marginalizado en Hollywood, presa de la locura y el alcoholismo. Totalmente obsesionado con la figura de James Dean – lo mejor de la película con una actuación salida del alma –. Esa historia preferiría haber visto.
Termino de escuchar CONFIÁ y la verdad es que confío, aunque, como escribía Diego Fischerman en Página 12, resulte paradójico asimilar un disco de rock con ese título y que hable de optimismo, felicidad, equilibrio emocional y que venga con ritmos en algunas canciones que a ratos dan la sensación de estar en un karaoke, circo o una iglesia con varias coristas de soul. Algo que no se podría soportar si no se tratara de Fito Páez. Me gusta - no tanto como El amor después del amor, mucho más que Naturaleza sangre - y cada vez que vuelvo me parece mejor. Temas recomendables para la oficina, un viaje, las horas de tráfico, una cangrejada o reunión con los amigos sosteniendo, al menos, un vaso de guanchaca para aliviar las penas. Después de todo Fito es ese amigo que siempre te sale con algo bueno, del que quisieras saber su teléfono para romper en caso de emergencias y pedirle un consejo. Es una cuestión de actitud. El rosarino que detrás de los negros lentes de carey puede inspirarse con lo que sea: denle un piano y esperen a que una mosca pase cerca de su jardín y ya tiene una melodía. A lo bueno y malo le saca el zumo, como cuando después del asesinato de sus abuelas compuso Ciudad de pobres corazones.
Memorias de Spinetta, Charly García, Los decadentes, paseos por Rosario y largos viajes inundan las letras. Historias presentadas de la misma manera que esos montajes de recuerdo de las películas indies, con lindas niñas soplando dientes de león, una mesa y los amigos comiendo asados, un viaje y rayos de un cálido sol entrando al auto; otras hablando de las experiencias con la cocaína o duros rompimientos – poniendo en alto relieve la sabiduría adquirida –, pero en todas dejándose llevar, con una sencilla banda y la sinceridad de un cincuentón que aprendió a esperar que se escriba sola la canción, como canta en Tiempo al Tiempo. La intimidad del disco CONFÍA más esos otros himnos llamados Dar es dar, Polaroid de locura ordinaria, Tumbas de la gloria se escucharán el 1 de octubre en Ecuador.
El lugar aún no está confirmado, lo que se sabe es que será un concierto de carácter íntimo. El rosarino, su piano y la gente que lo escucha, de la misma forma que lo hizo en esa suerte de unplugged llamado No sé si es Buenos Aires o Madridy sus discos Rodolfo y Moda y Pueblo. Tal vez sea Cuenca. Tal vez sea Quito. Habrá que planificar logística, presupuesto, volver a escuchar canciones guardadas en el tiempo, esos temas que algunos dicen, y con razón, que es lo mejor que tiene Fito - cantar desde el famoso pero no tan recomendable coro "todo yira y yira” hasta otros no tan conocidos –. Recuerden, si les sueno algo fanático, que este sitio, por el que alguna vez pasearon – hoy cumpliendo 300 posts –, lleva el nombre de una de sus canciones. Si no querés escuchar bancatelá dice otra
Que te guste la música de Fito es una contradicción al rock - pueden comprobarlo en en estas líneas que a ratos suenan a apología -, y sin embargo se disfruta de la buena vibra, que habrá a montones durante el concierto, tanta que al final de la noche, como canta en otro de sus nuevos temas, terminaremos viendo a la luna re-borracha... Confiá...
P.D. El tema que definitivamente quiero oír y después un par de canciones de CONFIÁ.
De chilena, la mete en el ángulo como la peor clase de crítica – o reseña – acerca de una novela, libro de cuentos o película, aquella que reduce la obra a cierta clase de hermético e insípido ensayo sociológico sobre las luchas de clases, la pérdida de valores y costumbres, o, peor aún, limitándose a comparar los eventos narrados con actuales sucesos políticos. Tolerable podría considerarse utilizar de ejemplo a, digamos, Requiem for a dream de Darren Aranofsky en una columna de opinión para señalar el camino a la autodestrucción que representan las adicciones y lo vulnerables que se encuentran las personas a las mismas en una sociedad consumista; pero de eso a convertir Ensayo sobre la ceguera de Saramago en un panfletario discurso en contra del capitalismo hay un largo, e insultante, trecho.
Está escrito con sangre que además de mostrar su visión de la realidad, un hecho particular o una época pasada – resulta absurdo negarlo –, el autor monta escenarios, les da colores y aromas a las plazas, le imprime ritmo y personalidad al relato, crea personajes, los cuida, los pule, los pone ante situaciones, los hace tomar decisiones, y los carga de emociones que generan empatía y un nexo con el lector y/o espectador. Esa individualidad en la narración es la causante de querer seguir una historia, de que le vaya bien o mal a ese alguien – y no el hecho de recordar –. Cosa que no pasa en El Gran Gatsby, la novela cumbre de F. Scott Fitzgerald. Una brillante fotografía de una época de la que el escritor es su artífice: la generación del jazz. En El GG la historia parece no importar. Cualquiera pudo ser la trama, la cuestión era dar un paseo lleno de luces por el glamour de años de esplendor, donde cada persona deseaba ser una celebridad y llenarse de riquezas; con la moraleja, al final, de lo vacío que están los seres humanos cegados por el materialismo y de lo hipócrita que puede volverse una sociedad a la que solo le importan las apariencias. En el GG los protagonistas pueden ser los vecinos con los que no se habla mucho - ultraestereotipados - y los acontecimientos que les suceden el lector los ha escuchado más de una vez como historias verdaderas. Al fondo un melodrama de amor imposible entre amantes de distintas posiciones socioeconómicas, separados por una guerra que me recuerdan a esas películas del estilo de The notebook que los hombres debemos soportar para tener alguna posibilidad con la femina deseada; y al ver el tráiler de la adaptación al cine de la novela, cuando la voz en off señala que esta es la historia de amor más grande de todos los tiempos no podía dejar de pensar en Tomás y Teresa de La insoportable levedad del ser, o en Rímini y Sofía de El Pasado. El deseo de volver atrás en el tiempo, a épocas mejores para el romance que trata de transmitir el texto, volvió inalcanzable, irreal, gigantesca y grotesca a la historia por querer presentarla para todos los gustos.
El Gran Gatsby no es exactamente mi clase de libro: La crítica que se le puede hacer es algo explicado en macro ante esa falta de intimidad que muestra a los personajes como sombras – de Gatsby se sabe poco, el misterio es su atractivo –. Sin embargo a partir del capítulo VII la novela toma un ritmo nostálgico, que hace flotar al lector, le trae una avalancha de recuerdos, con una narración que está editada de la misma forma que esas películas de los años sesentas, como la Dr. Strangelove de Kubrick, donde el director sabe qué imágenes colocar. A partir de ahí el escritor se da cuenta que menos es más, las joyas y objetos le dan paso al sentimiento – además de las excelentes descripciones de NY a lo largo del texto –, dejando que cada uno sueñe lo que siempre quiso vivir, o recuerde lo que vivió solo que en otro escenario. Uno más brillante.
Fitzgerald siempre supo lo que la gente deseaba leer. Gracias a eso pudo vivir de forma acaudalada, comprando licor, yendo a fiestas y viajando en autos lujosos. Tratando de ser otro al igual que supersonaje principal, y mostrando al mundo tal como es.
“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.”
Algo en sus pausados movimientos y en la posición segura de sus pies sobre el césped me indicó que era Gatsby en persona, que había salido para decidir cuál parte de nuestro firmamento local le pertenecía.
Es un valle de cenizas, una granja fantástica donde las cenizas crecen, como el trigo, en cerros, colina,, y grotescos jardines: un valle donde las cenizas toman la forma de casas, chimeneas y humo en ascenso, e incluso, con un esfuerzo trascendente, la de hombres grises que se mueven envueltos en la niebla, a punto de desplomarse y a través de la polvorienta atmósfera. De vez en cuando una hilera de autos grises pasa reptando a largo de un sendero invisible, emite un traqueteo fantasmagórico y se detiene, acto seguido unos hombres grises como la ceniza se trepan con palas plomizas y agitan una nube impenetrable que tapa su oscura operación a la vista.
Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva. Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro ó cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarse en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor. Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar.
Me empezó a gustar Nueva York, la sensación chispeante de animación nocturna y la satisfacción que el constante revoloteo de hombres, mujeres y máquinas le dan al ojo inquieto. Me gustaba caminar por la Quinta Avenida, elegir entre la muchedumbre románticas mujeres e imaginar que en un momento yo entrarla en sus vidas y que nadie lo sabría o podría reprochármelo. Algunas veces, en mi mente, las seguía hasta sus apartamentos en las esquinas de calles recónditas, y ellas se volteaban y me devolvían una sonrisa antes de desvanecerse por entre una puerta en la cálida oscuridad.
Era un tiro al azar, y sin embargo, el instinto del reportero iba por buena ruta.La fama de Gatsby, difundida por los miles de personas que habían aceptado su hospitalidad convirtiéndose en autoridad sobre su pasado, había crecido todo el verano, hasta que lo único que le faltaba era volverse noticia de los periódicos. Le achacaron leyendas contemporáneas tales como “la tubería subterránea hasta el Canadá”, y se difundió la historia recurrente de que no vivía en ninguna casa sino en un bote que parecía una casa y que se movía en secreto, de un lado a otro, por las playas de Long Island. Por qué podían ser estos inventos fuente de satisfacción para James Gatz, natural de Dakota del Norte, no es fácil saberlo.
Tengo la idea de que Gatsby mismo no creía que recibirla ninguno, y quizás ni siquiera le importaba ya. Si esto era cierto, debió haber sentido que había perdido su viejo y cálido mundo, que había pagado un precio demasiado alto por vivir con un solo sueño. Debió haber mirado hacia el cielo desconocido a través de las hojas atemorizadas y debió haber temblado al encontrar cuán grotesca es un rosa y cuán cruda la luz del sol que caía sobre la hierba escasamente creada. Un nuevo mundo, material más no real, donde unos pobres fantasmas, respirando sueños en vez de aire, vagaban fortuitamente por todos lados... como la figura cenicienta y fantástica que se deslizaba hacia él por entre los amorfos árboles.
West Egg, en especial, aún aparece en mis sueños más fantásticos. Lo veo como una escena nocturna de El Greco: un centenar de casas, a mismo tiempo convencionales y grotescas, agazapadas bajo un cielo opresivo y lúgubre, y una luna si lustre. En un primer plano, cuatro hombres solemnes, bien vestidos, caminan por los andenes con una camilla en la que yace una mujer borracha en un vestido de noche blanco. Su mano fría, que cuelga a su lado, resplandece con las joyas. Con gran solemnidad los hombres se dan la vuelta en una casa, la casa equivocada. Pero nadie conoce el nombre de la mujer, y a nadie le importa. Después de la muerte deGatsby, el Este estaba embrujado para mí en ese sentido, distorsionado más allá del poder de corrección de mis ojos. Así que cuando el humo azul de las hojas quebradizas subió en el aire y el viento sopló y la ropa recién lavada se puso rígida en los alambres, decidí regresar a casa.
Robert Allen Zimmerman tiene tantas – o más – vidas como un gato. Aunque la sensación que provoca ver un felino irrumpiendo en la silenciosa soledad de la noche, deteniéndose para sacudirse varios siglos de encima, proviene de un mito; mientras que las varias existencias del cantante–poeta conocido como Bob Dylan son tan tangibles y reales de la misma forma que lo son las estiradas y peludas patas de una tarántula buscando un refugio para pasar el frío de la noche. E hipnotizantes, también, de la manera en que solo una imagen venerada, siniestra y que no muestra totalmente su rostro, puede hipnotizar. Más de uno ha intentado retratarlo.
Dylanianos queriendo llegar hasta el fondo del asunto, descubrir secretos, contar historias rebuscadas, separar la ficción de la realidad, narrar aspectos de sus vidas. Scorsesse con el documental No direction home, Todd Haynes y el biopic I’m not there, docenas de libros y la reciente idea de un comic ilustrando sus canciones más representativas agrandan el mito, brindan nuevas mentiras y verdades, presentan con ojos de hechizado - ante el resplandor de la figura que han estado persiguiendo - la visión que tienen del cantante-poeta, exponenciando a la décima potencia su imagen. Y quien ha escuchado todos los discos de Dylan, pero no piensa en él solo como un músico, debido a tantos rumores, frases y eventos no sabe hasta dónde creer. Se ha escrito y hablado tanto de Dylan que al final parece una invención nuestra, sólo que él se resiste a creerlo; y en el año 2004, como grano de arena para aumentar la literatura en torno a su nombre, publicó el primer volumen de su autobiografía.
Crónicas no es exactamente un gran poema, ni una telaraña de metáforas y frases del estilo “the sun is chicken”. Es una detallada descripción de un viaje por una larga carretera con altos, curvas peligrosas, rectas para hundir el acelerador, donde Bob Dylan va al volante. Vemos con sus ojos el camino y eso es lo que vale, no tanto los estilos y vocabulario; sin importar que antes David Foster Wallace nos hubiera advertido acerca de lo insípidas que puedan resultar las autobiografías - acà el autor a ratos da la sensaciòn de esconder varios cadàvares en su armario al obviar las drogas y presentar bizarros sucesos como si èl los hubiera planeado de antemano -. El libro se deja llevar, sin estar contado de forma lineal, concentrándose en tres de sus reencarnaciones: sus inicios en el Greenwich Village y huída de Minnesota; el alejamiento de los escenarios posterior a su accidente en moto, tratando de dedicarse solo a su familia y grabando New Morning; y sus tiempos en New Orleans produciendo Oh Mercy, y la fractura en su mano que no le permitió tocar la guitarra y lo llevó a pensar en retirarse.
El recorrido es una mezcla de anécdotas, reflexiones sobre el entorno, la belleza del invierno, alabanzas a sus influencias y contemporáneos – Dave van Ronk – que admiraba en ese entonces. Un instrumento que sirve a la vez como telescopio y microscopio. Se respiran las calles de una época apocalíptica donde la creatividad flotaba, se recuerda a Woody Guthrie, a amigos íntimos. Su vida (sus vidas) es (son) un repaso por la música del siglo XX, de autores literarios como Balzac y películas de Fellini. Al igual que los mafiosos manifiestan que debió correr mucha sangre para convertirse en los hombres que son, Dylan se alimenta de la esencia de las cosas que le parecen interesantes, para después apropiarse de ellas y mejorarlas.
Lo imagino escribiendo estas memorias en una cabaña en las riveras del bosque, apoyando su pluma sobre un escritorio del siglo XVIII, en completo silencio, colgando el teléfono por enésima vez ante las insistencias de que asista como invitado a American Idol, siendo visitado por el editor que le pide incluir capítulos acerca de los momentos en que se inspiró para escribir sus canciones más memorables o discos de la factura del Highway 61 revisited, mencionándole que eso es lo que la gente quiere leer – tal vez en las dos próximas entregas sin fecha aún de publicación –, y Dylan con un cigarro en la boca mandándolo al diablo frunciendo el ceño, diciéndole abruptamente «únicamente yo puedo contar mi historia».
No había venido en un tren de carga. Había atravesado el país desde el Medio Oeste en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57. Salí escopeteado de Chicago y atravesé con la directa puesta ciudades humeantes, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve, hacia el este, cruzando los límites estatales… en un viaje de veinticuatro horas, sesteando durante la mayor parte del trayecto en el asiento de atrás, y charloteando el resto del tiempo. Con la mente perdida en intereses secretos..., hasta cruzar el puente George Washington.
Además, en el Folklore Center había muchos discos folk sólo para iniciados que yo deseaba escuchar. Partituras olvidadas de todo tipo -salomas de marineros, canciones de la guerra civil, de vaqueros, de misa, elegías, himnos integracionistas o sindicalistas-, libros antiguos de cuentos populares, publicaciones de organizaciones obreras…
Resulta gracioso tenerlo como compañía. Viste con una túnica de monje y bebe infinitas tazas de café. Duerme tanto que tiene la mente embotada. Cuando se le cae un diente, dice: «¿Qué significará esto?». Lo cuestiona todo. Al acercarse a una vela, su ropa empieza a arder. Él se pregunta si el fuego es buena señal. Balzac es hilarante.
Abundaba la clase de gente que salía de ningún lado y más tarde regresaba allí; un rabino con pistola, Una chica con dientes desiguales y un gran crucifijo entre los senos..., toda suerte de personajes en busca de un poco de calor humano. Me sentía como si los viera a todos sentados al borde del abismo.
Las canciones folk son evasivas, ya que tratan de la verdad de la vida, y la vida es más o menos mentira, pero así es como queremos que sea. De otro modo no nos sentiríamos cómodos con ella. Una canción folk tiene más de mil caras... Todo depende de quién toca y quién escucha.
Ray, que había nacido en Virginia, tenía antepasados que habían luchado en ambos bandos de la guerra de Secesión. Yo me apoyaba en la pared y cerraba los ojos. Sus voces llegaban hasta mis oídos como si procediesen de otro mundo. Hablaban de perros, de pesca, de incendios forestales, de amor y monarquías y de la guerra de Secesión... Sus palabras me parecieron misteriosas y desacertadas, pero si las dijo, las dijo y ya está.
Mi universo musical crecía día tras día, con el descubrimiento de discos de Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Art Farmer y algunos asombrosos de Charlie Christian y Benny Goodman... Bot Bouse de Charlie Parker también era un buen disco para despertar. Sólo algunos afortunados vivos habían visto y escuchado a Charlie Parker, lo que por lo visto les había infundido una especie de esencia vital secreta. Ruby, My Dear, de Monk, era otra maravilla. Monk tocaba en el Blue Note, en la calle 3, junto a John Ore al bajo y el batería Frankie Dunlop.
En una de mis visitas, Woody me habló de unas cajas llenas de canciones y poemas inéditos escritos por él y para los que no se había compuesto melodía. Estaban guardadas en el sótano de su casa en Coney Island, y me dio permiso para ir a buscarlas. Me animó a ir a ver a Margie, su esposa, si estaba interesado, y a explicarle por qué estaba allí. Ella me abriría esas cajas.
Nueva York era una ciudad fría, contenida y misteriosa, la capital del mundo. En la Séptima Avenida pasé por delante del edificio donde Walt Whitman había vivido y trabajado. Me detuve por un segundo y lo imaginé escribiendo frenéticamente y entonando la verdadera canción de su alma. También me había parado ante la casa de Poe en la calle Tres para hacer lo mismo: contemplar las ventanas con melancolía…
Por lo visto yo siempre iba en pos de algo, de cualquier cosa que se moviera -un coche, un pájaro, una hoja al viento-, que pudiera conducirme a algún otro sitio mejor iluminado, a alguna tierra ignota río abajo. No tenía la más remota idea del mundo desgarrado en el que vivía, de lo que la sociedad puede hacer a las personas.
Lo que había sido un plácido refugio dejó de serIo de pronto. Probablemente alguien puso a disposición de los drogatas y colgados de los cincuenta estados mapas para que pudieran llegar a nuestra granja. Hatajos de gorrones peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a todas horas de la noche. Al principio, se trataba de nómadas sin techo que entraban ilegalmente. Se me antojaban más bien inofensivos, pero luego empezaron a llegar radicales sin escrúpulos en busca del Príncipe de la Protesta: personajes de aspecto sospechoso, tipas que semejaban gárgolas, espantajos y vagabundos con ganas de fiesta...
A veces acababa en una casa flotante, móvil, esperando oír una voz, arrastrándome afanosamente, o boca arriba, de noche, en una playa salvaje y protectora, rodeado de alces, osos, ciervos y el esquivo lobo gris que acechaba no muy lejos, o escuchando la llamada del somorgujo en un tranquilo atardecer estival.
Fuera, un pájaro carpintero martilleaba un tronco en la oscuridad. Mientras estuviera vivo debía mantenerme interesado en algo. Si mi mano no sanaba, ¿qué iba a hacer con el resto de mis días? Abandonar la industria de la música, por descontado. Alejarme de ella tanto como fuera posible. Fantaseé acerca del mundo de los negocios ¿Qué podía resultar más simple y elegante que aventurarse por allí?
Hay muchos sitios que me gustan, pero ninguno tanto como Nueva Orleans. A cada instante se presentan mil perspectivas distintas. En cualquier momento te puedes topar con un ritual celebrado en honor de una reina poco conocida; sangre azul, nobles cegados por la bebida que se reclinan desmadejadamente contra los muros y se arrastran por la alcantarilla. Hasta ellos hacen reflexiones que vale la pena escuchar. Nada parece inapropiado. La ciudad es un poemainfinito...
En cuanto a la reina, ésa era Joan Baez. Joan nació el mismo año que yo, y nuestros caminos acabarían cruzándose, pero habría sido ridículo pensar en ello por entonces... Yo no podía dejar de mirarla. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Ella tenía un aspecto espectacular, con su lustrosa cabellera negra que caía hasta la curva de unas caderas estrechas, y sus pestañas lánguidas, ligeramente curvadas hacia arriba… Además, estaba su voz. Una voz que ahuyentaba los malos espíritus. Parecía de otro planeta.
La voz y la guitarra de Johnson resonaban en la sala, y yo me vi absorbido por ellas. Para mí era inconcebible que no produjera el mismo efecto en todo elmundo. Sin embargo, Dave no opinaba lo mismo… Entiendo su punto de vista, pero yopensaba lo contrario. A mi juicio, la originalidad de Johnson era absoluta, sus canciones no podían compararse con nada.
La escena de la música folk había sido como un paraíso que debía abandonar, del mismo modo que Adán abandonó su jardín. Era demasiado perfecto. En unos pocos años, se iba a desatar una tormenta de mierda. Las cosasempezarían a arder…